Todo en lo que alguna vez creí se desvaneció aquella noche,
la noche en que ella llamó a mi puerta. Toda historia de príncipes y princesas,
de amores locos o amores sensatos, todo lo que no había palpitado por amor mi
corazón lo palpitó aquella noche. Así comenzó nuestra historia, con una bella
mujer que llamaba a mi puerta en una noche lluviosa implorando cobijo.
Pasábamos los días en
mutua compañía, queriéndonos y disfrutando el uno del otro. Me rendí
completamente a su interminable pelo negro, a su delgadez genética, a esos ojos
verdes. Todo en ella desplegaba una luz que yo era incapaz de no seguir. Pero empecé
a ver cosas. Cosas que no me gustaban, cosas no permitidas, cosas oscuras. Y
mientras veía a esa mujer haciendo ese tipo de cosas veía a tantas otras
quemadas en la plaza del pueblo y me preocupaba que pudiera acabar así. Guardé
el secreto por un tiempo, jurándome que eran imaginaciones mías, pero cuando no
lo pude obviar más le pedí que nunca volviera a salir de casa. Ella no lo
entendió, no sabía el peligro que corría al salir, pero aun así me obedeció por
un tiempo, y yo la quise por eso. Pero una mañana, en mis matutinos paseos, la
encontré en un parque agachada entre los arbustos, recogiendo quién sabe qué
tipo de especias y yo… Yo perdí el control por momentos, una fiera se adueñó de
mí y le propiné tan salvaje paliza que si nadie me hubiera parado no viviría
para contarla. La llevé en brazos a casa y la encerré por seis meses en un
oscuro cuarto hasta ahora deshabitado. Seis meses fueron suficientes, mis
intenciones eran dejarla todo un año, pero sin ese brillo que ella desprendía
no podía seguir viviendo. La dejé salir y me fundí con ella en un abrazo en que
solo fuimos uno. Perdoné y pedí perdón sin palabras por cosas del diablo, por cosas
ya pasadas, y sin explicarle nada pasé a ocuparme de su desmejorada salud. La
quise como siempre, sabiendo que no era la misma, y aún así me enamoré
perdidamente de esta nueva huésped.
Pero ella no era la misma, y mi castigo empezó poco a poco,
como si fuera un monstruo que se alimenta del dolor. A veces la encontraba
conjurando contra mí o provocando accidentes caseros que en mejor de los cosos
me llevaran a la tumba, pero pronto empezó mi gran castigo: el silencio. Un
silencio que se extendió desde esta mujer a todo cuanto ella tocaba. Pronto
vivía en una silenciosa casa con una mujer muda, una mujer que me dejó en vilo
otros seis meses, tiempo en que pensé en todo lo que ella pensó en aquel cuarto
falto de luz, tiempo en que me asocié con el diablo y vendí mi alma al
infierno, me convertí en otra persona,
la cual aún soy. Pero todo terminó. Una mañana cogió su abrigo largo y se
marchó. Esperé a verla quemada, a que
alguien la trajera a escondidas a mi casucha o a verla asesinada por las calles
en mis matutinos paseos. Lo esperé todo de aquella extraña huésped, pero nunca
volví a verla. Quizás aún vive, quién sabe.