¿Quién vive en una colmena?


¿Quién vive en una colmena después de todo? ¡Es de estúpidos! A la espera del picotazo, con el peligro en la punta de la lengua, adrenalina en las venas. El infierno sobre su cabeza, el cielo en el cielo y él en el subsuelo, perteneciendo al ritmo de la vida sin participar en esta. Oiría el zumbido de sus pensamientos, el zumbido de sus movimientos, el zumbido de su venenoso aguijón. Sería una tontería vivir allí, sería arriesgado, peligroso. Viviendo con ellas sin pertenecerles, siendo su víctima pero con un respeto. Cuando el sol se ocultara ¿quién lo protegería? Estaría solo en el mundo, esperando impaciente el golpe final. Por la mañana amanecería caído, muerto posiblemente, sin sangre en las inmediaciones y el miedo en los ojos. Pero nadie atribuiría el crimen a las abejas, al fin y al cabo son solo abejas, un suicidio como otro. ¿Quién viviría bajo una colmena? Sería estúpido e inmaduro.

¿Quién va a luchar por ti después de todo?


Pequeña, admítelo, nunca fuimos lo que debíamos ser, pero a quién parecía importarle eso. Nos adelantábamos a los acontecimientos o a veces estos llegaban tarde, no podíamos controlarlo, o no queríamos. Cruzaba cualquier puente colgante para rescatarte, princesa, escalaba por tu melena cada noche para estar junto a ti; al fin y al cabo de las noches siempre fuimos los dioses. Por la mañana estaré contigo, confía en ello, pero será otro sol el que brille en nuestros cuerpos, solías decirme pensando que no entendía el significado. ¿Recuerdas? No te engañes, la llama que sentíamos era débil y a poco que se agitara se apagaría, no podíamos luchara contra aquello, pero a quién parecía importarle. Sería un error arrepentirse de aquello, después de todo pero no me dejas con el corazón partido, nunca mereciste la pena.
Solía hablarte de cuando era joven, de cuando te esperaba sentado sin saber quién eras. Te contaba todo lo que pensaba, y después lo pensaba. Te pedí que fueras paciente, que si no te quería no era por miedo. Te pedí que fueras consciente, solo una palabra tuya me hubiera hecho arder en los infiernos. Te pedí que fueras valiente. Fuimos amigos, amantes, enemigos. En distinto orden, pero pareció no importarnos en el momento. Nunca te dejé caer, fuiste tú la única culpable de tirarte. ¿Quién va a luchar por ti, después de todo?
Por la mañana estaré contigo, confía en ello, pero será otro sol el que brille en nuestros cuerpos. Nunca volveré a luchar contra dragones por ti, no volveré a perderme en tus oscuros pensamientos, no volveré a mirarte. No mereces la pena.

SWAMPY

Para el amor que nunca tuve y ahora parece derrumbarse, para aquel que nunca estuvo conmigo y hoy en día me falta:
 ¿A quién parece importarle morir cuando aún no se ha nacido? 
 Desde un pantano de fango en octubre, hace tiempo que veo al fauno correr de una esquina a otra, como en busca de algo pero sin objetivo. La tierra parece comerme, igual que en su día me dio la vida. Me cuesta parar de reír por la extraña situación en que me veo, ayer mismo era domingo, ropa fuera y botella en mano pero eso parece ya no bastarte, decides que quieres cambiar y lanzarte a la aventura. Te sientes fuera de lugar, antinatural y enteramente jodido. La lluvia sobre tus mejillas parecen alertarte del peligro, pero a quién le importa el peligro, eres un ángel en busca de la guardia. Sientes el suelo duro bajo tus pies, tu caminar decidido la única brújula que indica el camino. Sales sabiendo lo que te vas a encontrar y no te sorprende.
 Me sigo riendo solo como estoy, el pantano ha devorado mis piernas enteras y parece entretenerse con mi barriga abultada. El fauno corre sin prisas de una esquina a otra. Solía sonreír con la lluvia, saltar al ritmo de los rayos. No le tengo miedo al futuro. Mis manos ya palpan la tierra mojada. La serpiente se me acerca y me mira a los ojos, parece ser adulta sin haber crecido aún, parece querer hablarme y sin embargo no tengo tiempo de escuchar lo que me tiene que decir. Seré una fábula en poco tiempo, en el tiempo que tarde en bajar mi cabeza al pantano. El fauno ya no corre, ha encontrado su destino y se dirige a él.

Grandiosa inspiración

Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. -Samuel Barclay Beckett
¿Un buen chiste? -Deme unas gafas. -¿Para el sol? -No, para mi. -Jaja. -Jaja.
Más profundo, más profundo que el océano mismo. Intenso,¡más intenso incluso que tu acariciar!  Más lejano, mucho más lejano que el núcleo terráqueo. Busca sin saber qué y encuéntrate algo que te haga olvidar, que te recuerde como olvidar, todos los llantos, los gritos a la nada, la furia contra todo. Que el sabor de la vida reside en algo tan pequeño como el corazón, que el potencial que uno tiene lo vuelque por el mundo salpicando cada rincón.

La primera puerta en el salón de belleza.


Siempre está allí, esperándome, esa sucia toalla, como si pensara que yo también la espero. Húmeda, rugosa, incómoda, siniestra…siniestra. Me mira entrar, cuando me desvisto espera sentada, aguardando su momento. Y es entonces, en el momento de  tumbarme en la acolchada camilla, se resbala lentamente a mis ojos, nublándome la vista, empañándomela con ese feo tejido de algodón. Un olor extraño, extraño y otra vez extraño me invade la cabeza nada más rozarla, cada nervio de mi cuerpo se agita en su contacto. Lucho contra ella, hago todo lo que puedo por no caer en el insomnio y perder la conciencia de mi cuerpo, perdiendo así el control de dónde me acarician las afiladas garras. Intento gritar, pero otra vez la manta parece no estar de acuerdo. Se impone, moja mi arrugada nariz, me empapa la boca con su agua… Y pierdo el control, no puedo resistirlo, simplemente parece vencerme. Me pregunto muy tontamente si esto es la muerte, si esas horribles garras ya han alcanzado mi cuello, si han acabado ya con él. Muy tontamente me maldigo por ser así como muero, ¡yo!¡ que en un principio llego con la ilusión de mejorarme, de salir más cuidada y más pura de lo que entro! Y así me recibirá Dios, con signos de maltrato permitidos en un salón de belleza. Pero no lo puedo evitar, me pierdo en el roce de cualquier material en mi piel y esa es el máximo punto débil que se puede tener. Pensando esto una luz entra en mis ojos, o mis ojos entran en ella, no podría saberlo con certeza. La humedad desaparece , vuelvo a respirar, observo rápidamente mi cuello y lo encuentro terso y perfumado. Una simpática mujer me mira sonriendo y yo no puedo evitarlo, le sonrío, le agradezco el horripilante masaje, y prometo volver. Porque si no volviera, no volvería  a verla, no volvería a sentirla mojar mi cara, no podría lucha contra ella de nuevo, habría perdido y volviendo al menos tendría la oportunidad de aplacarla, de intentar vencerla esta vez, de no caer en la tentación. 

Horizonte


Se escuchan ya las campanadas que anuncian el final de la mañana en la Rochelle, un pasmoso olor a croissant, solo apreciable a extranjeros a esta bella ciudad, acompaña los apurados pasos de la gente. Lo coches, veloces como siempre, no anteponen su seguridad a sus ansias de llegar a su destino, se les ha educado para rozar a los niños que salen del colegio. La gente atareada parece crear un camino directo y veloz, como hormigas que con el pan bajo sus brazos espera llegar a su destino, pero entonces algún despistado rompe este rizo y camina contra la multitud, haciendo que esta se escandalice y tuerza sus caminos indignada hasta llegar a quién sabe dónde, incapaces de parar por no perder el tiempo. Parecen simples las normas de esta pequeña ciudad: en la capital de los dulces, de la ropa y el glamour, de la sofisticación y el amor, está terminantemente prohibido comer algo fuera de unas dietas controladas, ¡ni tan siquiera pueden pararse a disfrutar su olor!, el tiempo, el gran enemigo, parece estar en contra del tiempo de ocio, del tiempo de descanso, del tiempo de la vida. Y el amor...¡quién parece tener tiempo para esa tontería! Trabajo parece ser la deidad intocable que nadie es capaz de contradecir. ¿Esperas encontrar algún héroe romántico por las inmediaciones? Esta, en definitiva, no es tu ciudad. Ya parece verse otro rizo personificado de estrés en las calles, el humo de un cigarro pisoteado en el suelo parece agotarse, el silencio solo es interrumpido por el ruido, y aquí está, la despistada que rompe el rumbo de estas desoladas personas, pero, fíjate bien, no parece una despistada más.
Una melena rubia custodia una cara redonda, una cara rebelde y joven. Cuerpo de bailarina, parece caminar sobre esas antiguas calles haciéndolas danzara su paso, al son de los gritos que recibe tanto de vehículos como de personas, gritos por ser diferente o por no ser igual son acallados por sus melodiosas carcajadas. Parece andar sin prisa y al momento parece volar, corre veloz, y entonces es cuando para. En rotundo. Se detiene en medio de la calle. Los gritos de la gente parecen llegar a la cumbre con esta broma. Ella se ríe, saca con calma una cámara y se gira rápidamente para inmortalizar el tiempo reflejado en la cara de la gente, la angustia en sus ojos, el insulto en su boca, la ira en sus venas, los músculos tensión, el corazón vacío. Sus carcajadas vuelven a romper la tensión, y coge rumbo de nuevo. Su próxima parada, como es de esperar, es en la plaza central, es la place de Verdun, allí puede orientarse por el olfato fácilmente hasta todas y cada una de las pastelerías de la ciudad.Es norma general en esta ciudad que todos los olores, sean bueno o malos, son conducidos en un transporte invisible y expulsados en la plaza de la ciudad, dejándolos juntarse, separarse, jugar juntos o enfadarse.
 La cara redonda se entretiene pensado qué napolitana tomará hoy cogiendo velocidad entre las estrechas calles europeas.Ya empieza a vislumbrar la pastelería cuando el sol la vislumbra a ella. La ciega, la echa atrás, la sorprende desprevenida, no sabe cómo o no quiere saberlo, pero se encuentra en el puerto viejo, lo que la hace olvidarse de su propósito en la ciudad, en esa calle y hasta en la vida. Ve el mar y ve en cielo, y entre los dos se sorprende mirando una línea infinita que los separa. Mas, ¿la puede ver? ¿Cómo sabe que está ahí? La lógica la incita a pensar que el mar no puede terminar sin empezar el cielo, pero que una estrecha separación debe haber, igual que el cielo no puede acabar sin empezar el mar, pero algún cambio visible ha de haber. ¿Y si no lo hay? ¿Y si nos confunden y en verdad son la misma cosa? El mismo azul el mismo azul, la misma luz la misma luz, perece posible, aunque ella piense que es imposible. Sin saberlo se ha sentado en la playa a mirar al infinito. Los franceses tan carentes de tiempo, hace décadas que no ven huellas en la arena, pero tampoco tienen tiempo de mirar la recién estrenada playa.

Acecha


Oscuridad. Empiezo a pensar en ella en medio de la noche, más bien en medio de la oscuridad y automáticamente se me hiela la sangre, cada célula de mi cuerpo pierde su color (aún yo sin saberlo al estar ciega en tanta oscuridad) y mi cabeza palpita fuerte por el miedo. Un miedo sin ser miedo, un miedo repentino, que sé con seguridad que nunca estuvo ahí, que solo acecha de vez en cuando, muy de vez en cuando pero que está y cuando menos lo espero aparece. Un miedo infundado por la oscuridad y por el saber que cuando consiga salir de este antro oscuro y oscuro saldré a más oscuridad. Nos pretendemos diferenciar de los peces al no vivir enjaulados en el mar, pensamos que somos superiores  que las aves al poder vivir en el agua, creemos ser diferentes por poder sobrevivir en tierra, agua y cielo, cuando la verdad es que la luna nos vigila, nos acecha muy arriba donde nadie puede deshacerse de ella y nos obliga a la oscuridad perpetua e infinita con solo un descanso corto, de 12 horas al día antes de volver a envolvernos y atormentarnos a su gusto, en tan densa oscuridad. ¡Esa maldita luna que se esconde entre las nubes incapaz de dar la cara por miedo de lo que seamos capaces de hacerle!  Por un momento pienso que encendiendo una lámpara conseguiré librarme de ella, que la oscuridad desaparecerá, la espantaré lejos de mi y quién sabe si volverá, pero eso no la aísla, solo se esconde para atormentarme y demostrarme que me controla, que es dueña de mi y que aparecerá cuando menos me lo espere, espantándola solo consigo enfurecerla y que una vez vuelva sea más poderosa, sea más oscura aún haciendo que mi ventana se nuble entre tanta oscuridad, que yo me sumerja en ella y viva buscando un ápice de luz al que arrimarme, día y noche trasladándome como un mendigo de luz en luz, de fuego en fuego, convirtiéndome en adicto a la luz no por gusto, sino por disgusto a la oscuridad.
Hola a todos, o a nadie¿hay alguien ahí?
Os presento a 'Le Poison' un blog recién salido del horno en el que espero poder publicar cosas a menudo, no tanto para vosotros si no para mi, que siempre me ha gustado escribir pero soy vaga de naturaleza y hace tiempo que pienso que igual con un blog me ponga las pilas y escriba todo lo que me gustaría. Pero sabiendo que no escribiré todo lo que debería y con la esperanza de que alguien lea esto, subiré alguna fotografía y algún vídeo, que cada día me apasionan más.
Bienvenidos a mi blog.

¡Si tiene hasta bigote!


¡Si hasta tiene bigote!- aclamaban los chicos del pueblo.
No era esta la burla que se espera parecer, era un adjetivo sin más, una cualificación no positiva ni negativa, no resuelta, algo neutro. Era la sinfonía con la que se despertaba el pueblo entero y la balada con la que  dormía, algo fácil para tatarear en cualquier situación cotidiana, pero difícil de olvidar.
 Los chicos de la ciudad en cierto modo siempre habían estado celosos de ella. Aquellos chicos fríos que apenas una pelusilla tenían sobre su labio se contentaban con bailar por las calles de la ciudad al canto de  ‘’ ¡Si hasta tiene bigote!’’. Simplemente era algo que llevaban en su mente y dejaban salir sin pensar en ello, una música que apenas podían mantener dentro. Mas no solo por su bello, aquella chica desde pequeña había despertado pasiones,pasiones intermedias, aquello ni eran celos ni era odio. Musa de tantos apelativos, diosa de tantas risas, aquella chiquilla iluminaba una habitación con solo su presencia.
Era esta una chica poco común, pero no diferente. Era sincera como pocas, grácil como muchas, pecosa como pocas pero menuda como muchas. No podías apreciar ninguna diferencia entre ella y las demás chicas del pueblo, pero, querido amigo, habrías perdido el juicio si pensaras que era como las demás. No alcanzaba esta chica a tener un sexto sentido, pero sin duda su séptimo era uno de sus más refinados. Era astuta como el zorro, veloz como la liebre y extraña como el cuervo. La más vulgar y la más dispar. Mas era cierto que tenía abundante y oscuro vello bajo su nariz. Debo decir que aquella chica, ¡tenías hasta bigote!