Horizonte


Se escuchan ya las campanadas que anuncian el final de la mañana en la Rochelle, un pasmoso olor a croissant, solo apreciable a extranjeros a esta bella ciudad, acompaña los apurados pasos de la gente. Lo coches, veloces como siempre, no anteponen su seguridad a sus ansias de llegar a su destino, se les ha educado para rozar a los niños que salen del colegio. La gente atareada parece crear un camino directo y veloz, como hormigas que con el pan bajo sus brazos espera llegar a su destino, pero entonces algún despistado rompe este rizo y camina contra la multitud, haciendo que esta se escandalice y tuerza sus caminos indignada hasta llegar a quién sabe dónde, incapaces de parar por no perder el tiempo. Parecen simples las normas de esta pequeña ciudad: en la capital de los dulces, de la ropa y el glamour, de la sofisticación y el amor, está terminantemente prohibido comer algo fuera de unas dietas controladas, ¡ni tan siquiera pueden pararse a disfrutar su olor!, el tiempo, el gran enemigo, parece estar en contra del tiempo de ocio, del tiempo de descanso, del tiempo de la vida. Y el amor...¡quién parece tener tiempo para esa tontería! Trabajo parece ser la deidad intocable que nadie es capaz de contradecir. ¿Esperas encontrar algún héroe romántico por las inmediaciones? Esta, en definitiva, no es tu ciudad. Ya parece verse otro rizo personificado de estrés en las calles, el humo de un cigarro pisoteado en el suelo parece agotarse, el silencio solo es interrumpido por el ruido, y aquí está, la despistada que rompe el rumbo de estas desoladas personas, pero, fíjate bien, no parece una despistada más.
Una melena rubia custodia una cara redonda, una cara rebelde y joven. Cuerpo de bailarina, parece caminar sobre esas antiguas calles haciéndolas danzara su paso, al son de los gritos que recibe tanto de vehículos como de personas, gritos por ser diferente o por no ser igual son acallados por sus melodiosas carcajadas. Parece andar sin prisa y al momento parece volar, corre veloz, y entonces es cuando para. En rotundo. Se detiene en medio de la calle. Los gritos de la gente parecen llegar a la cumbre con esta broma. Ella se ríe, saca con calma una cámara y se gira rápidamente para inmortalizar el tiempo reflejado en la cara de la gente, la angustia en sus ojos, el insulto en su boca, la ira en sus venas, los músculos tensión, el corazón vacío. Sus carcajadas vuelven a romper la tensión, y coge rumbo de nuevo. Su próxima parada, como es de esperar, es en la plaza central, es la place de Verdun, allí puede orientarse por el olfato fácilmente hasta todas y cada una de las pastelerías de la ciudad.Es norma general en esta ciudad que todos los olores, sean bueno o malos, son conducidos en un transporte invisible y expulsados en la plaza de la ciudad, dejándolos juntarse, separarse, jugar juntos o enfadarse.
 La cara redonda se entretiene pensado qué napolitana tomará hoy cogiendo velocidad entre las estrechas calles europeas.Ya empieza a vislumbrar la pastelería cuando el sol la vislumbra a ella. La ciega, la echa atrás, la sorprende desprevenida, no sabe cómo o no quiere saberlo, pero se encuentra en el puerto viejo, lo que la hace olvidarse de su propósito en la ciudad, en esa calle y hasta en la vida. Ve el mar y ve en cielo, y entre los dos se sorprende mirando una línea infinita que los separa. Mas, ¿la puede ver? ¿Cómo sabe que está ahí? La lógica la incita a pensar que el mar no puede terminar sin empezar el cielo, pero que una estrecha separación debe haber, igual que el cielo no puede acabar sin empezar el mar, pero algún cambio visible ha de haber. ¿Y si no lo hay? ¿Y si nos confunden y en verdad son la misma cosa? El mismo azul el mismo azul, la misma luz la misma luz, perece posible, aunque ella piense que es imposible. Sin saberlo se ha sentado en la playa a mirar al infinito. Los franceses tan carentes de tiempo, hace décadas que no ven huellas en la arena, pero tampoco tienen tiempo de mirar la recién estrenada playa.