Oscuridad. Empiezo a pensar en ella en medio de la noche,
más bien en medio de la oscuridad y automáticamente se me hiela la sangre, cada
célula de mi cuerpo pierde su color (aún yo sin saberlo al estar ciega en tanta
oscuridad) y mi cabeza palpita fuerte por el miedo. Un miedo sin ser miedo, un
miedo repentino, que sé con seguridad que nunca estuvo ahí, que solo acecha de
vez en cuando, muy de vez en cuando pero que está y cuando menos lo espero
aparece. Un miedo infundado por la oscuridad y por el saber que cuando consiga
salir de este antro oscuro y oscuro saldré a más oscuridad. Nos pretendemos
diferenciar de los peces al no vivir enjaulados en el mar, pensamos que somos
superiores que las aves al poder vivir
en el agua, creemos ser diferentes por poder sobrevivir en tierra, agua y
cielo, cuando la verdad es que la luna nos vigila, nos acecha muy arriba donde
nadie puede deshacerse de ella y nos obliga a la oscuridad perpetua e infinita
con solo un descanso corto, de 12 horas al día antes de volver a envolvernos y
atormentarnos a su gusto, en tan densa oscuridad. ¡Esa maldita luna que se
esconde entre las nubes incapaz de dar la cara por miedo de lo que seamos
capaces de hacerle! Por un momento pienso
que encendiendo una lámpara conseguiré librarme de ella, que la oscuridad
desaparecerá, la espantaré lejos de mi y quién sabe si volverá, pero eso no la
aísla, solo se esconde para atormentarme y demostrarme que me controla, que es
dueña de mi y que aparecerá cuando menos me lo espere, espantándola solo consigo
enfurecerla y que una vez vuelva sea más poderosa, sea más oscura aún haciendo que
mi ventana se nuble entre tanta oscuridad, que yo me sumerja en ella y viva
buscando un ápice de luz al que arrimarme, día y noche trasladándome como un
mendigo de luz en luz, de fuego en fuego, convirtiéndome en adicto a la luz no
por gusto, sino por disgusto a la oscuridad.