Siempre está allí, esperándome, esa sucia toalla, como si
pensara que yo también la espero. Húmeda, rugosa, incómoda, siniestra…siniestra.
Me mira entrar, cuando me desvisto espera sentada, aguardando su momento. Y es
entonces, en el momento de tumbarme en
la acolchada camilla, se resbala lentamente a mis ojos, nublándome la vista,
empañándomela con ese feo tejido de algodón. Un olor extraño, extraño y otra
vez extraño me invade la cabeza nada más rozarla, cada nervio de mi cuerpo se
agita en su contacto. Lucho contra ella, hago todo lo que puedo por no caer en
el insomnio y perder la conciencia de mi cuerpo, perdiendo así el control de
dónde me acarician las afiladas garras. Intento gritar, pero otra vez la manta
parece no estar de acuerdo. Se impone, moja mi arrugada nariz, me empapa la
boca con su agua… Y pierdo el control, no puedo resistirlo, simplemente parece
vencerme. Me pregunto muy tontamente si esto es la muerte, si esas horribles
garras ya han alcanzado mi cuello, si han acabado ya con él. Muy tontamente me
maldigo por ser así como muero, ¡yo!¡ que en un principio llego con la ilusión
de mejorarme, de salir más cuidada y más pura de lo que entro! Y así me
recibirá Dios, con signos de maltrato permitidos en un salón de belleza. Pero
no lo puedo evitar, me pierdo en el roce de cualquier material en mi piel y esa
es el máximo punto débil que se puede tener. Pensando esto una luz entra en mis
ojos, o mis ojos entran en ella, no podría saberlo con certeza. La humedad
desaparece , vuelvo a respirar, observo rápidamente mi cuello y lo encuentro terso
y perfumado. Una simpática mujer me mira sonriendo y yo no puedo evitarlo, le
sonrío, le agradezco el horripilante masaje, y prometo volver. Porque si no
volviera, no volvería a verla, no
volvería a sentirla mojar mi cara, no podría lucha contra ella de nuevo, habría
perdido y volviendo al menos tendría la oportunidad de aplacarla, de intentar
vencerla esta vez, de no caer en la tentación.